FOTOGRAFIANDO LA PLAYA DE LAS CATEDRALES
Cuando llegas por primera vez a esta playa, la primera palabra que te viene a la boca es "impresionante". Desciendes por un caminito y te adentras en ella con la bajamar y tienes una sensación de pequeñez similar a la que se tiene al entrar en una catedral. Pequeñez personal y enormidad de un paisaje pétreo por el que, con cierta privacidad, da gusto pasearse e ir descubriendo pasos, grietas, oquedades y otros efectos de la erosión que se ofrecen a la curiosidad e imaginación de nuestra mirada. Esta se pierde en sus acantilados, en sus cuevas, en las pequeñas balsas de agua que deja la marea al bajar, en los brazos de piedra que como arbotantes sujetan las rocosas paredes, en el amarillo de la arena y en el verde del mar. Es un placer pasear entre estas rocas ciclópeas de las que parece que pueda surgir el monstruo de Polifemo en cualquier momento. Elevamos la mirada y observamos un horizonte coronado de vacas pacientes y "disfrutonas".
Cuando volvemos más tarde, la realidad se ha transformado y nos encontramos con un mar combativo y persistente que ha rellenado el espacio que nos sorprendió unas horas antes y lo embate con la tenacidad de un Sísifo que persigue deshacer lo sólido con la fuerza del líquido elemento. Encontramos olas considerables, espuma que salta humedeciendo el entorno, sonidos variados del agua al chocar con las rocas. Unas rocas que ya no parecen las que eran aunque sigan siendo las mismas. La Playa de las Catedrales es un festival de rocas y de formas que apetece someter a nuestra mirada y a la de nuestra cámara.


































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